Seguía ahí, dudando. Conversando consigo misma, y simulando lo que se guardaba con esa sonrisa falaz que ya nada podía esconder. Escribía un cuento en su mente, extasiada. Lo vivía y luego lo reproducía en su mente ante la mirada abstrusa de su no-amante.
-¿Qué piensa, mi preciosa ambrosía despechada y odiosa del amor?
-Ja-ja-ja, ¡palurdo! Sigue participando, sigue teniendo sueños húmedos conmigo, que es lo más cerca que podrás estar de mí.
-¿Miedo?
-Ya quisieras.
Siguieron su improvisado camino, entre gorjeos y vientos álgidos, de esos que dicen "sí amigo, estoy tan vivo como tú o como el sol". Entre tanto, él seguía tiritando, mirando su cara taciturna sin emociones, intentando descifrarla mientras culpaba al viento de sus escalofríos.
Se detuvieron a mirar el paisaje, de belleza taciturna e inefable: ni frío ni calor, una brisa nacida de una cascada acariciaba sus rostros, un esbozo de niebla le daba un toque surrealista, y en el bosque a sus espaldas las sombras trepidantes aumentaban los escalofríos.
No, en realidad el ambiente era grácil y ordinario, pero ya podían sentirlo como en uno de esos cuentos que pocas veces fueron grabados. Ya sentían la alegría del silencio. Alegría de saber que se es libre y único, pero que no se está solo. Ese estado alienado.
-Enséñame el amor.
-¿Qué dices?
-Lo has sentido, ¿no? Dime cómo es. ¿No que te crees escritor?
-Toma- dijo, pasándole su bufanda-. Véndate los ojos.
-¿Qué harás? ¿Violarme? Jajajaja.
-Sólo hazlo...
Una vez vendada, él se le acercó por la espalda, y comenzó a susurrarle al oído.
-Conocerás el amor cuando tus sueños, con toda su magia y esplendor, se hagan prescindibles. Cuando apuestes todo o nada, por la tortura del efímero placer. Cuando el beso no sea necesario, pero satisfaga todo deseo. Cuando seas capaz de entregarte a una persona con los ojos vendados, sin miedo ni miramientos.
Conocerás el amor, cuando sueñes esta historia, y despiertes convencida de que la vida es el sueño trastornado de lo que debe ser.
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