viernes, 16 de marzo de 2012

Un minuto con la almohada


Una vez más iniciando.
La parte más difícil siempre. No por la dificultad (normalmente es más fácil) sino porque un inicio es eso: comenzar algo nuevo. Una nueva historia, un nuevo viaje, una nueva experiencia; hacer deporte, comer sano, tomar un curso de cocina, de aprender a evaluar vinos y quesos (sí, como siempre estoy pensando en comida).
Mi padre está afuera disponiendo parte del almuerzo de mañana bajo una luz tenue que sobre él finaliza una hilera de cables unidos uno tras otro, cuyo extremo inicial viene a dar a mi habitación, obligándome a tener la ventana abierta, que en realidad ya estaba abierta.
El olor a las cebollas que no logro ver desde aquí entra por mi ventana, y un leve escozor ataca a mis ojos intentando hacer brotar alguna lagrimilla cual patada en los huevos o choque del meñique contra la esquina de la cama. La misma cama desde donde imagino el futuro, cada día distinto. Aquella cama donde han nacido entre recuerdos mis más preciadas líneas. Esa donde un día estuve casi seguro de que extraterrestres intentarían abducirme, por una serie de casualidades que convergían en esa retorcida idea. Suerte que dicho suceso no acaeció realmente, aunque no estoy seguro de por qué habría pensado que me buscarían a mi, o por qué tendrían que venir justamente en la noche.
Pero sobreviví, al igual que a las cebollas. Zombies, ¡venid a mí! (Suerte que no saben leer.)

Y ahora que el inicio ya está contaré algo sobre mí. He estado pensando un poco en algún algoritmo que permita crear adicción en una persona. Muy útil a la hora de seducir, pero que utilizaré solo con fines cognoscitivos. Algoritmo del cual también he sido víctima como la mayoría.
Y he pensado, y he pensado, y es lo que más he hecho en estas, las vacaciones más fútiles, relajadas, escuetas además de ausentes de goce: pensar.
He conocido y he intentado una nueva pieza en piano. Una pieza mágica hasta en su nombre fantasie impromptu (fantasía improvisada), cuya fascinante mezcla perfecta de delicadeza, elegancia, pasión, nostalgia y corazón roto, la vuelve un placer al oído, acompañado del placer en los dedos, mente, corazón, piel y sangre, que sumerge al tocar algo así. Te mantiene en ese estado de semi-inconsciencia del inicio -y final- del sueño, pensando sin pensar, bloqueando tus sentidos involuntariamente, como cuando vas mirando a esa hermosa chica y sin darte cuenta te has dado con un grifo en que -por mucho ruido- no has reparado.

También la he cagado procurando no hacer cagadas y luego la he cagado intentando deshacer la cagada original, y darme cuenta que esta no era una cagada. ¡Vaya sí la he cagado! Y en esas cagadas muchas veces (por no decir siempre) hay involucrado alguien más, cuya acción se ve determinada por nuestro acto, o lo que es peor, a veces nada más que por tener más dinero, puedes comprar su voluntad. (Ese es uno de mis pasatiempos, imaginar lo que sucedería en caso de...) El futuro muchas veces es definido por una palabra dicha o no dicha, un acto hecho o no hecho. Y nuestras propias actitudes son guiadas por estos actos y por razonamientos, razonamientos que se convierten en palabras, que pueden o no hacer mella en alguien más, razonamientos que puede hacer cualquier persona pero que solo algunos los convierten en algo más, y otros en algo menos al no detenerse ni a pensar y esfumar ese (posible) pensamiento que nunca llegaría a ser tal, pero que de llegar a serlo y no decirse tampoco sería nada, puesto que en algún momento se olvidaría y podría ser reemplazado por otro similar o parecido, y en caso de ser dicho podría permanecer, en especial si queda en no solo un dicho azaroso, pasando a ser célebre, pero unas palabras en un libro solo quedarían en libros, que por si solos no son nada, y así también pueden aunarse a personas haciéndose incluso inherentes a ellas cuya vida, por cierto, es también efímera y quedarían en nada dentro del infinito, asegurando solo una cosa: la muerte, pues en un tiempo que no tiene tiempo donde todo probablemente terminará en algún momento, o de no ser así al menos es seguro que deben comenzar, la inexistencia es lo único seguro, y es lo único a lo que el ser humano se resigna, lo que nos motiva, lo que nos hace ser personas y para lo que vivimos: muerte. Una muerte obligada además, como las voluntades vendidas, que si bien no son conminadas, se obligan mediante algún estímulo. Y en todo este revoltijo de obligaciones, muertes, palabras y sesos, las acciones (insignificantes como son) son desentendidas como si no fueran nada, y sin embargo cambian el estado del sistema. Cambian el futuro, que ya no es el futuro de antes, sino uno nuevo, también abstracto y agradable, porque siempre acoge la idea de lo que se tiene por seguro pero que en realidad no tienes, puesto que eso que crees seguro y no tienes puedes moldearlo a tu parecer, como el principito, que vio la oveja que él quería solo cuando le fue mostrado el dibujo de la caja. Pero ese sentir no lo sería si se sabe que será eterno, sino que es como cuando tras una larga espera que va más allá del tiempo acordado (o tiempo supuesto de ocurrencia) no puedes irte por ese ápice de esperanza que te sujeta diciendo "no vaya a ser que llegue justo al retirarme". Ese mismo que en estos días mantiene a tantas niñas (o niños, se entiende) cuando son o ya no son tan niños pegados frente a la computadora esperando que esa personita aparezca al otro lado del aparato aun sabiendo en algunos casos de su imposibilidad. Y nos pasamos la vida en ese letargo tan apaciguado disfrutando de no hacer lo que queremos hacer por cuidar de que no vaya a ser lo que creímos que sería, o algunos más osados, lo hacen y vuelven a hacerlo hasta darse cuenta que no es lo que quisieron y que ya no provoca lo que debería provocar y quizá nunca provocó. Y estar ahí, abstruso, es lindo. Y creemos ser felices, mientras que otros (también me incluiré como normalmente hago por cortesía, aunque en este caso si lo estoy, al menos parcialmente) creemos ser felices jugando a desentrañar los misterios ineludibles de la vida y de la mente y de los sueños y de las palabras, cuando en realidad la felicidad no es algo que se sienta por ser felices sino que la felicidad proviene de la infelicidad que es belleza, y la belleza es arte, y el arte es capaz de estremecer hasta al alma más fría cuando es verdadero y no charlatanería como es común ver.

Saludos.
En caso de emergencia, sonríe.