Anoche como siempre pensaba... y pensaba...
Pero esta vez pensaba en las cosas que pienso en las noches. Y las que piensa cada cual. Muchos sueñan antes de dormir. Sueñan como sería la vida si se hubiese tomado otra decisión, como sería todo de haber tomado otro camino. Sueñan con esa utopía que jamás será, y luego de día tiemblan antes de tomar cualquier decisión. Temen tomar esa decisión que tanto anhelan, solo por no romper el esquema de la normalidad impuesta. Y todo queda ahí, en la confidente de telas que acurruca cada noche.
Pensaba también en los otros que escriben lo que sienten. Se desahogan con el papel creyendo que sus palabras son únicas. Quizás yo también lo sea. pero no dejo soterrados mis deseos luego de plasmarlos en papel. No bastan las palabras bonitas. Pero tampoco basta llorar o sonreirle al papel. El papel es solo eso: papel. Hablan de sentimientos y emociones como si a alguien le importara. El mundo ya está hastiado de poetas llorones y de cursilería barata. El arte de escribir es hacer sentir al lector las palabras. Transformar su conciencia en el universo de tu ser. Que viva en tu cuerpo mientras te arrimas a su mente. Y permanecer en ese instante, dudando de su existencia. Y todo arte es igual: la música, la pintura... incluso la vida. Debes atreverte a mezclarte. Entrar en el otro, dejando tu huella, dejando un estigma. Dejar las dudas un momento y saltar al vacío. Debes ser uno solo y todos a la vez, y en toda índole de cosas. Conocer gente, y no discriminarlas por su origen. Practicar un deporte. Romper ese cristal que te separa del "yo puedo".
Comprende: la vida no está hecha para entenderse, la vida está hecha para vivirse. Y sólo cuando exhales ese hálito fatal, sabrás que entendiste la vida, ese furtivo y deseado sentido de la vida: vivir.
miércoles, 31 de agosto de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
Camino a estudiar
Hoy como muchos días he tenido que viajar en minibús. Pequeña suerte de "paseo" diario que nunca está exento de complicaciones.
Todos lo han hecho alguna vez, y conocen, por tanto, todas (o muchas) las vicisitudes que aquí se presentan.
El primer desafío es encontrar una "micro" donde tengas cabida, o hacerte cabida en donde puedas, o donde quieras (nótese que es siempre hay una ubicación en la cual te sientas más "acogido").
Si no te has caído por la primera acelerada, que nunca espera, te arrimas al "fierro" o pasamanos, en el cual no duras ni dos minutos, pues luego te sujetas de algún asiento cercano. Allí esperas a llegar a tu destino, sujetándote para no fustigar al panoli que escucha "música" (por llamarla de alguna manera) a volumen máximo.
Si tienes suerte encontrarás asiento. Pero esto no te salva de sus propios infortunios. Suele suceder que se desocupa el asiento del lado derecho que va justo sobre la rueda y quedas sentado con las rodillas en el pecho. Un grave problema si es que llevas mochila, pues para poder ponerla en tus piernas, liberas el pie izquierdo, que estorba el pasillo al punto que te patearán al menos tres veces por cada diez minutos.
En cambio, si te ubicas en los de la izquierda, estarás con la incertidumbre de quien te acompañará en esta odisea. Y siempre la niña bonita ocupará el de atrás tuyo, de modo que el tuyo será el disponible para la señora regordeta que probablemente traerá una cantidad infinita de bolsos, que parece la hubiesen largado de casa y lleva sus bártulos. Pero no, sólo son las compras del día.
Y los diseñadores de asientos, en su excelsa creatividad, no encontraron nada mejor, que hacer los asientos de la micro juntos y angostos de manera que te pierdes en tu ingente acompañante, y en cambio, los puestos en el cine son separados, y no puedes abrazar a tu novia hasta terminada la película.
Y finalmente, luego de estar ahogándose entre la gente, acaecerá ese gran momento: la bajada. Y es aquí donde el verdadero reto te hace frente. Primero haces el ademán de querer bajar un poco antes para advertirle a tu acompañante de que el fin se acerca para ti. Analizas la situación, examinas los escollos entre tú y la puerta, cada simple obstáculo interviniendo tu camino, y entonces emprendes el camino a la libertad: ¡Permiso! ¡Permiso!...
Tras esquivar a todas las personas que ocupan ambos lados del pasillo que mide a lo más 50 cms. Girando al lado que prefieras, y apurando o demorando a conveniencia, logras llegar donde la eminencia, el señor chofer.
Una vez ahí solicitas con la mayor elocuencia y cortesía posible que te deje en el paradero que ya crees no alcanzarás a arribar, pero que con su delicadeza al frenar logra detenerse, para que acto seguido te exijan el pase estudiantil de rebaja, además de reclamarte por viajar sentado (desafiando tu calidad de persona).
Tras un movimiento ninja que la práctica te ha enseñado, muestras tu tarjeta, y te dispones a bajar. Saltas de la escalera porque en caso contrario aceleraría apenas uno de tus pies estuviera en el piso, y respiras el aire puro y fresco, ahora libre de hedor.
Y ya has pasado la prueba. Prepárate para el regreso.
EADLV
Todos lo han hecho alguna vez, y conocen, por tanto, todas (o muchas) las vicisitudes que aquí se presentan.
El primer desafío es encontrar una "micro" donde tengas cabida, o hacerte cabida en donde puedas, o donde quieras (nótese que es siempre hay una ubicación en la cual te sientas más "acogido").
Si no te has caído por la primera acelerada, que nunca espera, te arrimas al "fierro" o pasamanos, en el cual no duras ni dos minutos, pues luego te sujetas de algún asiento cercano. Allí esperas a llegar a tu destino, sujetándote para no fustigar al panoli que escucha "música" (por llamarla de alguna manera) a volumen máximo.
Si tienes suerte encontrarás asiento. Pero esto no te salva de sus propios infortunios. Suele suceder que se desocupa el asiento del lado derecho que va justo sobre la rueda y quedas sentado con las rodillas en el pecho. Un grave problema si es que llevas mochila, pues para poder ponerla en tus piernas, liberas el pie izquierdo, que estorba el pasillo al punto que te patearán al menos tres veces por cada diez minutos.
En cambio, si te ubicas en los de la izquierda, estarás con la incertidumbre de quien te acompañará en esta odisea. Y siempre la niña bonita ocupará el de atrás tuyo, de modo que el tuyo será el disponible para la señora regordeta que probablemente traerá una cantidad infinita de bolsos, que parece la hubiesen largado de casa y lleva sus bártulos. Pero no, sólo son las compras del día.
Y los diseñadores de asientos, en su excelsa creatividad, no encontraron nada mejor, que hacer los asientos de la micro juntos y angostos de manera que te pierdes en tu ingente acompañante, y en cambio, los puestos en el cine son separados, y no puedes abrazar a tu novia hasta terminada la película.
Y finalmente, luego de estar ahogándose entre la gente, acaecerá ese gran momento: la bajada. Y es aquí donde el verdadero reto te hace frente. Primero haces el ademán de querer bajar un poco antes para advertirle a tu acompañante de que el fin se acerca para ti. Analizas la situación, examinas los escollos entre tú y la puerta, cada simple obstáculo interviniendo tu camino, y entonces emprendes el camino a la libertad: ¡Permiso! ¡Permiso!...
Tras esquivar a todas las personas que ocupan ambos lados del pasillo que mide a lo más 50 cms. Girando al lado que prefieras, y apurando o demorando a conveniencia, logras llegar donde la eminencia, el señor chofer.
Una vez ahí solicitas con la mayor elocuencia y cortesía posible que te deje en el paradero que ya crees no alcanzarás a arribar, pero que con su delicadeza al frenar logra detenerse, para que acto seguido te exijan el pase estudiantil de rebaja, además de reclamarte por viajar sentado (desafiando tu calidad de persona).
Tras un movimiento ninja que la práctica te ha enseñado, muestras tu tarjeta, y te dispones a bajar. Saltas de la escalera porque en caso contrario aceleraría apenas uno de tus pies estuviera en el piso, y respiras el aire puro y fresco, ahora libre de hedor.
Y ya has pasado la prueba. Prepárate para el regreso.
EADLV
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