Pasarían menos de 3 meses hasta que yo tomara la determinación de no perderla.
Con los temores que esto implica (principalmente al ridículo de manera personal o pública) le envié tamaño correo en el que intenté arreglar las cosas. Luego uno más en que las aclaraba (este si arrojó resultados). Y volvimos a ser amigos aunque mi confianza hacia ella era bastante menor, pero crecería con el tiempo hasta ser como antes.
Durante este periodo me transformé en una niña llorona, capaz de dar cualquier cosa por ella. Y sufrí por cada instante de ausencia. Fue un periodo de falsa felicidad autoimpuesta. Infatuación o como quieran llamarle.
Pasó un buen tiempo hasta que nos volvieramos a ver puesto que vivíamos a una distancia considerable (aunque no tan mayor).
Pese al paro estudiantil, al que no quise referirme por aquí para evitar la controversia y que nos ofrecía tiempo, no fue sino hasta algunas semanas después de mi operación que nos reunimos nuevamente.
Estuvimos saliendo unas cuantas veces.
Pasaron muchas cosas donde no pasaba nada. Aun habiendo todo.
Fue en una de esas salidas, en una que poco salimos, donde experimenté algo nuevo y único. No, no pasó lo que se imagina. Pero tuve una nube de fuego dentro de mí. Fuego que no salía. Era un lugar en el que nunca más he estado. Era la pérdida de mi corporalidad. Un lugar agotador, del cual no quería escapar. Era una explosión inminente en mi interior, que sostenía este compuesto volátil en su clímax. Repito, no pasó lo que se imagina.
Pero esto no cambiaría las cosas. Todo continuaba como en un principio, hasta que ella (esta vez me desligo de casi toda la culpa, a diferencia de la primera en que gran parte fue mía) decidió que esta amistad no debía seguir.
Esta vez no dejé ir las cosas más allá, y en unos días todo estaba arreglado.
Pero esta vez algo era diferente...
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