Hoy vengo a escribir sobre mí, en mi mente y en mi cuerpo sin pensar ni sentir. Sentir, mmh... a veces lo hago. Pero otras veces simplemente deseo hacerlo y, en un intento infausto, termino llorando como una nena (aunque sin lágrimas) y autocomplaciéndome. Pero no estoy escribiendo para dar pena. Solo aprovecho para recordar sensaciones repetibles y otras no tanto. Cosas de hombres, de mujeres, de hombres con mujeres y un poco de alcohol y algo más. Esta vez hablaré de lo último. Mi subconsciente dominaba mientras yo era un mero espectador, al menos cuando mi cerebro me permitía serlo. El primer respiro profundo, un néctar verde agua corrió de la cabeza hacia mi pecho atravesando mi anatomía con sabor a menta dulce, irrespetuoso de mis verdades. "No, viejo, no fumo, gracias" repetí, desobedeciendo a los duendes del alcohol. Pero hay cosas fuertes, que ante la convicción se enfrentan cruzando la frontera bajo charcos de lodo, y solo le descubres cuando los guardias siguen de pie, pero te defienden por donde no te atacan. En ese momento descubrí cosas inquietantes sobre mí mismo. Sentí de una manera distinta. Quise hacer cosas que son muy distintas a lo que yo soy o creí ser. Las interrogantes nacían frente a una mente distorsionada que de momento recordaba que me pertenecía. Sentí placer de una manera distinta, aunque ya antes había experimentado cosas poco usuales. Mi segundo yo se sentó en mi trono, dejándome siquiera observar de vez en cuando. Tomé conciencia cuando mi celular decía "enviando...", a un número que había eliminado y olvidado, pero que pude reconocer. En algún momento me desprecié a mí mismo...
Al día siguiente intentaba olvidar el hambre insaciable pensando en aquellas cuestiones que habían aparecido tras cortinas de humo la noche anterior. Al menos eso me distrajo de mi idiotez de octubre presente desde al menos cuatro años. Quiero recuperarme. Recuperar mis sueños. Ahora vivo en un mundo de algodón de azúcar, donde todo es dulce pero nada puede saciar mi hambre. Y mi hambre poco a poco desaparece y mi cuerpo se acostumbra. Ya no hay ni un cielo ni un infierno que me hagan sentir escalofríos. Vivo atrapado en el eterno purgatorio cuya única salida ha sido cerrada.
Miro todos los días aquel cuadro con que adorné el que es ahora mi lugar, diciéndome "¡para que caminar, si puedes volar!" y busco un cielo que ya no existe, y solo me quedan mis sueños. Entonces recuerdo que ya habían sido destruidos y vuelvo al mismo puto bucle que ya me tiene sin cabello.
Olvidé como volar, y ya estoy lejos de aquel ente único que podía enseñarme. Me encantaría saber al menos que decía -en realidad qué iba a decir- aquel mensaje de esa noche en que tus colores me visitaron...
La sonrisa auténtica quiere volver y no encuentra el camino a mi cárcel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario