domingo, 11 de noviembre de 2012
KAT 4
Érase una vez el encanto.
Dícese unos niños no tan niños jugando a ser niños y a veces no tanto.
Cuenta la historia que estos niños nacieron antes de nacer.
Fueron forjados sus corazones en piedra. Su sangre era color púrpura. Sus cuerpos fueron rociados con la esencia de la fuerza nostálgica. Y sus almas nacidas de la perfecta armonía del canto de las aves, fueron separadas mientras hacían el amor siendo una sola, para luego ser insertadas en ellos.
¡Caprichos de dioses!
Fueron echados al mundo en absoluta independencia. Desconocidos el uno para el otro. Sus consciencias renovadas.
Al muchacho le llamaban Pensamiento, y a la niña Impulso.
Crecieron siendo iguales y totalmente distintos. Polos opuestos del mismo imán. Del más poderoso de todos. Eran sol y luna, agua y sed, llanto y risa. Eran fuego gélido.
Pensamiento vivía en su cristal mientras que Impulso buscaba en vano su lugar.
Pero todos sabemos que el amor no se olvida. Y el amor de sus almas, que en realidad eran una, los llamaba.
Poco a poco sus corazones se teñían de humanidad, condenándose al destino humano: ¡muerte!
Muy encaminados estaban, especialmente Impulso. Fue entonces que el oráculo Destino decidió la hora de su encuentro. En realidad ya lo había decidido. Las decisiones nacen mucho antes de efectuarse.
Pensamiento, que intentaba elevar su aura, lograba vislumbrar a Impulso sin saberlo. Pero al llegar este momento, el cruce de Destino, su mente crujió casi resquebrajándose, abstruso ante lo que veía. Sus visiones ya no eran más imágenes estáticas superponiéndose. Su -no sabes que- tenía forma física.
Impulso, sin un preámbulo pudo reconocerle.
Comenzaron a amarse amistosamente en la incertidumbre de lo desconocido.
Sus almas se tocaban cuanto podían en cada sonrisa compartida, en cada mirada tierna correspondida.
Estos niños durante algunos años jugaron, pelearon, conocieron...
Pero luego de dejar de ser perfectamente niños la historia empezó a cambiar. Sus cuerpos gritaban algo distinto. Un hombre-lobo menos lobo que hombre, sediento de sangre, añoraba a su presa que como todo vampiro no tenía dependencia.
El corazón de Pensamiento dejó de ser de piedra, para convertirse en zafiro que lloraba por su alter-semi-ego. Poderoso y represivo zafiro, carcelero de sus pasiones. Tiempo después el corazón de Impulso también cambiaría, convirtiéndose en rubí, de fulgor rojizo, pero brillaba por un simple humano.
La licantropía de ambos era exquisita. Especialmente la de Pensamiento, que por las noches era poseído por la esencia de Impulso, deseoso de su sangre y poseedor de su espíritu.
Pero con el tiempo y cada vez más, sus almas se alejaban. Mientras más cerca estaban sus cuerpos, más lejos sus almas.
Eran razas distintas. Ambos lo sabían.
Y Destino quiso jugar con ellos, mostrándole a Pensamiento falsos futuros, y escribiendo otros más en Impulso.
Pensamiento, finalmente comprendió lo que debió haber visto antes. Aumentar la distancia era la solución.
Pero cuando por fin pudo hacerlo, nada sucedía, mientras sus almas desaparecían en el aire como la arena en un soplido.
Y cuando sus almas hubieron desaparecido ya, reducidas al mínimo, cuando eran solo un punto sin vida en ese lugar donde está lo que no nos pertenece, sus cuerpos murieron, liberando a aquellos vestigios de lo que fuera un alma, que volvieron a ser uno en la muerte eterna.
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